Ubay Murillo

Un cierto dominio

2 noviembre, 2018 - 8 diciembre, 2018

Ubay me habla de la vanguardia. De la búsqueda de los artistas constructivistas, cubistas, incluso los futuristas, que definen sus revoluciones particulares en el arte: la autonomía de la obra, la disolución del arte en la vida, la proclamación del artista como productor, o la crisis de la representación. Me habla del cuerpo deshumanizado y tecnificado, del retorno al hombre natural. Del desmontaje de la imagen y de la descomposición de la verdad; de las leyes de lo abstracto, que no responde a las palabras. Me habla de la propaganda que traía, encapsulada o en evidente despliegue, el arte en la época. Luego, me habla de la moda.

 

La moda hace algo similar, pero mejor. La moda se apropia de todo, cíclicamente, sin importar cuáles hubieran sido las intenciones originales de sus inspiraciones. También lo aplana todo, lo empaqueta como producto de nuestros sueños, universalmente compartido pero personalizado hasta el infinito. El consumidor, productor de sí mismo que desea desear, solo existe en la lógica de la moda. Como ya se dijo en los inicios del análisis de la cultura de masas y la publicidad, es coacción de innovación de signo, pulsión de sentidos aparentemente arbitraria y de misteriosa lógica cíclica. Ampliada al funcionamiento del consumo, oculta una inercia de imposibilidad de movilidad social bajo la ilusión democrática del acceso. La moda se conforma en el culto de lo efímero[1]: apropiándose de signos cambiantes, propone disfraces identitarios que luego ella misma destrona. Solo desde el privilegio se puede abrazar lo pasajero - lo nuevo y lo antiguo se relevan permanentemente en una oscilación de valores adscritos, desde lo auténtico hasta lo artificial, proponiendo tándems imposibles de pobreza chic, bohemia post-apocalíptica, vida urbano-natural o suntuosidad tecnológica.

 

Ubay recrea estos objetos-signo del estatus: materiales preciosos, formas apropiadas o  experiencias únicas que proyectan el lujo sobre nosotros – no ya solamente sobre el que los adquiere como productos, sino sobre todo aquél que vive en el mismo régimen donde impera su reinado –. La capacidad de vaciado y llenado de todas las cosas a nuestro alcance como receptáculos, hace que cada una de nuestras decisiones nos envuelva en la marca de nosotros mismos. El individuo se erige como sujeto psicológico, a la vez que su realidad material desaparece. Roto y descompuesto, su objetivo único es recomponerse, identificar sus traumas y sus vocaciones, y encontrarse al fin a sí mismo en su auto-realización. La máxima forma de reconstrucción que la lógica de la moda le permite es la del consumo productivo. Como en todos los programas ideológicos, sus manifestaciones resultan autoevidentes: así la movilidad y el acceso como marcadores del privilegio o la economía de la atención funcionan como valores tangibles. En una trayectoria imparable hacia lo inmaterial, el sujeto se recompone en sus actos de consumo mientras su carne y sus huesos se vuelven etéreos.

 

En sus escenarios, como en los diseños de escaparates o montajes de un nuevo catálogo de muebles de temporada, el artista toma prestadas las formas y composiciones, rupturas y desgarros de varias de las vanguardias. Lo satinado, lo brillante, lo reflejante, lo dramático y voluptuoso de unas conviven con lo plano, cortado, frío y calculado de otras. Las formas, colores y líneas abstractas, mínimas o desbordantes, se desvinculan de su pasado programático para rendirse ante la evidencia de que no hay contra, revolución, alternativa ni amparo; que todo lo que fue, está ahora up for grabs. Así como en las revistas, los escenarios se convierten en un background donde el cuerpo da forma a los materiales y los objetos (las telas, los sillones, las tazas de té están hechos a su medida), pero donde este ya está ausente. Repeticiones, déja-vu, juegos de espejismos y malformaciones – apuntan a la capacidad de moldeamiento de la imagen (de ese cuerpo que falta en el cuadro): la piel, como superficie hecha de dígitos, se adapta ahora a la estructura ósea de un sistema que requiere de los cuerpos la transparencia y disponibilidad más absoluta.

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[1] Jean Baudrillard describe la moda como fenómeno inseparable del consumo, y a ambos como factores de inercia social en el capítulo“Función-signo y lógica de clase”de su Crítica de la economía política del signo. Siglo XXI de España Editores, S.A., Madrid, 2010.

 

Sira Pizà

 

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