Laura Mesa

Pero no el mundo

16 octubre, 2020 - 21 noviembre, 2020

El dibujo es, para Laura Mesa, un medio reflexivo con el que poder repensar las relaciones que se dan entre lo real y su representación. Esta estrategia argumentativa convierte sus piezas en metadibujos, pues la artista lleva hasta las últimas consecuencias su interés por reflexionar sobre el estatuto de la imagen en plena crisis de la representación contemporánea. Para ello, cuestiona la práctica habitual de este medio y así prefiere descomponer sus partes constitutivas —el papel, el grafito y la tinta— para trabajarlas en toda su materialidad. Sus dibujos ocupan espacios, se desarrollan volumétricamente y, sobre todo, no contienen ningún resto de ilusionismo clásico. Asimismo, la certeza de que cualquier tipo de imagen no es un reflejo fiel de la realidad sino la construcción de la propia realidad permite a la artista, por extensión, plantear de qué manera la representación que hacemos del mundo a través de las teorías y los conceptos construye la realidad misma y no a la inversa.

Pero no el mundo está constituida por más de 27.000 pequeños papeles de seda. Dispuestos a modo de capas de número variable, estas acumulaciones de papel componen las 745 piezas que conforman el punto de partida de esta exposición, ya que, a su vez, cada una de ellas tiene un doble realizado en grafito y, solo alguna, un doble hecho en tinta que se ubica sobre prismas de grafito. Que el número de piezas sea 745 no es azaroso; antes bien, responde a los datos publicados por la ONU en 2017 sobre los parámetros de natalidad, esperanza de vida, población urbana y patrimonio de la humanidad de los 217 países reconocidos. Lo que vemos, por tanto, no es una interpretación: cada pieza dibuja y representa a un país y actúa como imagen real del mismo al trasponer los datos contenidos en cada indicador en un dibujo volumétrico. Siguiendo esta lógica constructiva, si un país tiene, pongamos el caso, cinco puntos en el índice de desarrollo humano de la tasa de natalidad, ese país será representado por cinco capas de papel de seda.

Pero no el mundo es, en consecuencia, una cartografía desplegada a partir del dibujo. Podemos, por ejemplo, cartografiar un territorio delimitando un espacio que separamos del resto. Al demarcar una superficie afirmamos su diferencia con el entorno que no contiene y lo inscribimos como una entidad independiente dotada de unas características que lo determinan como país. Pero también podemos cartografiar nuestros esquemas mentales y conceptuales a partir de los cuales generamos definiciones y razonamientos que nos permiten organizar y comprender la realidad que nos rodea. Cuando Laura Mesa se pregunta por el conocimiento que tenemos del mundo global y acude a conceptos ya dados o a datos estadísticos para obtener una respuesta, lo que está planteando es, justamente, en qué medida los parámetros empleados por las ciencias sociales ofrecen un verdadero entendimiento del mundo —tasa de natalidad, tasa de mortalidad, nivel de escolarización, renta per cápita o PIB, en otros— y en qué medida el uso del dato estadístico proporciona su pretendida visión objetiva de la realidad. Si atendemos al primer interrogante, las variables que señalan los diferentes niveles de vida de la sociedad se pretenden veraces y totales, pues generan una visión global de la colectividad de cada país. Sin embargo, en el espacio de nuestra propia subjetividad, la cuantificación de tales criterios parece ofrecernos una exigua explicación de lo que realmente nos concierne y modela como sujetos contemporáneos. Por otro lado, la acumulación del dato como reflejo objetivo de lo que somos muda en una imagen especular fría que poco dice de nosotros.

Es en este punto donde el trabajo de Laura Mesa se torna en ejercicio de resistencia, pues su propio proceso creativo busca dar cuerpo y consistencia a la experiencia de lo subjetivo a partir de la práctica del dibujo. Si nos detenemos en cada una de las piezas formadas por las acumulaciones de papel vemos que estas han requerido de una participación corporal activa por parte de la artista a través del gesto repetido.  Cada pieza ha sido cortada, diligentemente —una a una, hoja a hoja— repitiendo una coreografía silenciosa donde el papel ya no actúa como mero soporte que, simplemente, guarda o registra la línea del grafito. Ahora, el papel adopta una autonomía absoluta siendo, en sí mismo, un dibujo pleno y acabado y, en su propio proceso de obtención, la artista ha rememorado —papel a papel— que su experiencia individual no puede quedar desdibujada por los conceptos globalizadores que dan cuenta de lo colectivo en el mundo. La acción, el tiempo y el cuerpo se aúnan, así, en los dibujos de Laura Mesa contraviniendo la definición tradicional de dicho lenguaje. En efecto, durante siglos el dibujo tuvo la condición subsidiaria de herramienta cuya función era guardar la Idea que luego sería llevada a cabo por las artes mayores como la pintura, la escultura o la arquitectura. Finalmente, con la llegada de la modernidad, el dibujo obtuvo carta de ciudadanía con pleno derecho e, incluso, fue utilizada por muchos y muchas artistas como un medio expresivo más directo, personal e instantáneo que les liberaba de las estructuras rígidas de la academia.

Laura Mesa recoge este testigo, pero, además, emplea el ejercicio del dibujo como pericia y habilidad para cuestionar su propia definición y consideración. Cada una de sus piezas, por tanto, adopta una importante carga conceptual al redefinir su posición artística, pues convierte el dibujo en un proceso manual e, incluso, artesanal. Su trabajo, meticuloso y quebradizo, recurre a la serie y a la repetición, pero, precisamente, no lo desarrolla a partir de procesos mecánicos que buscan amagar la mano de la artista; bien al contrario, en la repetición del mismo gesto surgirá la diferencia que, en su caso, deliberadamente quiere hacer visible. Y de este modo, en el gesto repetido de su mano, y su mente, la artista permanece recordando que, frente a la tecnificación del mundo contemporáneo, la homogenización del pensamiento, la superficialidad de la práctica capitalista y la frialdad del dato, su acción se torna en una suerte de resistencia al resituarla en el espacio de lo íntimo y lo corporal.

Ambos procedimientos, la serie y la repetición, son combinados con un tercer proceso: la sedimentación. La acomodación de cada una de las hojas de papel en estratos se transfigura en una imagen compactada cuando la artista realiza un doble de las mismas en grafito o en tinta. La levedad de la celulosa contrasta con la solidez que ofrece la visión de estos materiales remitiéndonos, con ello, a la infinidad de capas y sedimentos que conforman nuestras estructuras de pensamiento y discernimiento sobre el mundo. La robustez de estas vulnerables piezas remite al proceso de construcción a partir del cual vamos cimentando el conocimiento sobre la realidad creando, en ocasiones, sistemas y configuraciones que se plantean como inamovibles. La pregunta sería, entonces: ¿Las definiciones que tenemos sobre el mundo son un a priori o, más bien al contrario, construcciones realizadas por los sujetos a partir de las cuales dotamos de sentido al mundo, y en tanto que constructo, sometidas a cambios y reformulaciones? La astucia de tales interrogantes se resuelve en la materialidad de estos dibujos-objetos. La fragilidad de los materiales y la economía de medios apuntan y evidencian los problemas de representación —tanto de la imagen como de nuestros esquemas mentales— y en la propia contradicción o ambivalencia entre lo lívido y lo compacto, Laura Mesa reitera que la permanencia y sujeción que consigue durante el proceso de la producción de su obra tensiona con la debilidad de un mundo que, como sus materiales, se debate entre lo transitorio y la sedimentación. De ahí que, y siguiendo el pensamiento habermasiano, podamos considerar que pensar el final compromete el final, pero no el mundo.

Verónica Farizo
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