Sema Castro

El infierno deshabitado

20 octubre, 2006 - 25 noviembre, 2006

PINTAR: LO IRREMEDIABLE

Emblèmes nets, tableau parfait

D’une fortune irremédiable

                     Charles Baudelaire

Los cielos y los infiernos no están distantes en el mundo contemporáneo; la historia se ha encargado de hacerles sitio y convertirlos a menudo en intercambiables. La poesía y el arte han percibido esta cercanía desde muy pronto, desde Gérard de Nerval, desde Odilon Redon, acaso antes, desde las alegorías de El Bosco. El deseo, el placer, la imaginación, el destello del ojo ante la belleza, la mirada perversa y la angelical muestran que los contrarios se entrelazan, se anudan, se confunden. Baudelaire habla de “la conscience dans le Mal”, la conciencia dentro del Mal. En Sema Castro se da esta doble circunstancia: el paraíso surge por un instante cuando los sentidos perciben el hechizo de la flor y el bosque comienza a mostrar sus invisibles habitantes y sus sinuosas presencias; al tiempo, los ínferos surgen de cada intersticio en las palabras, en las formas, en las sensaciones. Entre la soledad y el hallazgo el vértigo tira entonces de los pies. Detrás del escenario contemporáneo que nos ingurgita, el poeta, el pintor, el ser que todavía mantiene en el aire la fortaleza visionaria del espíritu se atreve a dejar atrás la identidad para participar de una aventura de la que es mediador y testigo.

Sema Castro ve una y otra mitad, la región celeste y el reino de las sombras, y como el Buddha que ha de venir, como el gordo, goloso y risueño Mi-lo y Maitreya, acaso como Ganesa, se coloca a las puertas de lo impronunciable y guarda los misterios. Detrás del territorio tecnológico que padecemos, verdadera mutación del paraíso artificial, preserva un lugar para la pintura, hiende, abre un espacio a una vida todavía posible, a una vita nuova donde el ser y la naturaleza se abrazan sin saber dónde comienzan y dónde acaban. Como Mi-lo, como Maitreya, la exuberancia y la glotonería de los sueños no se privan de nada. Tras la puerta está un infierno deshabitado casi imposible de comprender para quienes han hecho de la racionalidad el único mundo posible. No es el inferno vacío, el peor de los infiernos que puede vislumbrar la visión cristiana, es la posibilidad de que la naturaleza atrape de nuevo la metamorfosis: el caminante que observa y que avanza entre senderos desconocidos, los árboles y ramajes en que habitan los ancestros, las lujuriosas plantas que recuerdan que los estremecimientos del amor se disuelven en lluvia de fuego y de miel en el fondo del vientre, junto a la nube que expande y estalla en nuestras sienes.

Sema Castro no ha querido participar en la parte más frívola de la contemporaneidad, se toma las cosas con calma, dibuja una sonrisa, aun cuando en su interior esta movido por la voz de Maitreya y por la ebriedad que se agita en su saco, en su imaginario. No cultiva la egolatría ni se deja seducir por el cortejo de la moda, no persigue las estéticas que cambian de lugar a cada instante y que obliga a los cautivos a la intemperie o la fugaz obediencia. Desde hace años persiste en la pintura, en los dibujos, en la realización de pequeños artefactos, muñecos y aviones imaginarios, objetos realizados con cachivaches hallados en la playa, invenciones infantiles que agradarían a Chaissac y a Dubuffet. Es su folie, la locura particular, lo que autentifica su afirmación de lo que está vivo y no aspira a esa extraña máscara que se superpone a la naturaleza y a lo que simplemente es.

Su pintura no representa o si lo hace es sólo como una sugerencia, alude a un universo elemental todavía no atrapado por la familiaridad de la designación más común. Lo que aparece es una flor, unas hojas, un ramaje, una sugerencia vaginal, el linga dispuesto a retener su floración espermática en el interior de la vulva hasta que finalmente cede, plantas o seres que se suspenden en el aire. La pintura combina el severo oficio de los viejos artesanos con la soledad del visionario. Se demora en remover los colores, en trazar vasos comunicantes entre los dominios del cuadro, en avanzar entre tallos, hojas, arboledas, flores del bien y del mal, con apenas unos colores, verde, marrón, negro, azul. En este oficio se sobrecoge. Trabaja bajo el signo de la noche. Despliega la actividad hasta la madrugada, durante horas, sin cesar en esta maniobra, con la mano que se desliza en torno al pincel y que cubre el blanco y hace surgir un universo sin estar atrapado todavía por la escisión de las dualidades. Soñador o visionario, la pintura de Castro es un ejercicio ritual y una fiesta amorosa. Deja una señal erótica sin contemplaciones, deja que el Buddha renazca a las puertas, que se ría del despiste en que cayó el precursor divino ahora que en la naturaleza procrea, engendra, se derrama. El obeso dios que ama la exuberancia se ha metamorfoseado en Sema Castro.

El pintor, el mediador, el guardián de las flores del mal, persiste en la pintura, sobrevive bajo “la conciencia dentro del mal”, halla la belleza, el cuerpo que cimbrea sobre el árbol, ve las formas que se distancian sobre la tierra o cómo penetran sus raíces. Los trazos realizados por el pincel, a veces tocado por cierto automatismo,  hablan de un eterno retorno. El tiempo es cíclico, como la vida. Antes, en una exposición realizada en 1992 con la Galería Artizar,  había aludido a “la vida nueva”; ahora, abre un infierno deshabitado. En medio de este vértigo y de este ir y venir entre horizontes que evocan al autor de la Commedia, Sema Castro, en el pórtico del instante, deja que surjan voces, viejas imágenes, prácticas antiguas. Pinta sobre madera, como los artesanos de los talleres medievales; dialoga con la pintura holandesa, con sus paisajes; y transforma y atrae al espacio visionario a autores como Odilon Redon, aquel soñador fascinado por Les fleurs du mal, o al mexicano Rufino Tamayo, el gran mediador entre las cosmogonías de los pueblos indígenas y el arte contemporáneo; también dialoga con las vegetalizaciones de Max Ernst. Entre las lecturas y los versos que animan sus vueltas da capo está además Edgar Allan Poe, el escritor admirado por Baudelaire, y del que toma el título para su Anhelante deseaba la mañana.

Es verdad que, en el movimiento circular que promueve, apenas quedan huellas de los diálogos que entabla y, si aparecen, éstos se han metamorfoseado. De los perros precolombinos que aúllan en la obra de Tamayo y que estremecían el universo apenas quedan unos dientes en El perro de Rufino y que se mezcla con la experiencia del animal que un día encontró ahorcado en la finca en que trabajaba. Odilon Redon aparece aquí aludido en varios cuadros. Con el singular grabador y pintor comparte la mirada a la naturaleza, las flores que todo lo rozan, la codicia del ojo polifémico que atrapa a la doncella desnuda, o el Buddha que se levanta junto al árbol, en las puertas de la vida.

Maitreya en Guinea, Venus a su manera fascinante…, las formas se suspenden en el aire o tienden a sus pies un territorio, a veces, un rincón azul, un acantilado, un recinto insular… El Buddha se desplaza a Guinea, o a la finca del mismo nombre en que trabajó durante una época en Gran Canaria. Los signos vegetales se entrelazan y erigen un ritual de seducción, aquí paladeamos entre sensaciones diversas, percibimos al goloso que enseña que el sueño es esencial para la existencia. Aquí advertimos que la pintura puede ser todavía una aventura personal mientras surja del vértigo, mientras presienta los frutos entrelazados del inferno o del paradiso, mientras el solitario guardián que garabatea a toda prisa deje salir algunos de sus deseos.

Nilo Palenzuela

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