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Nudos Gordianos

8 February, 2008 - 8 March, 2008

El crecimiento de la obra de Julio Blancas resulta imparable. Sometida al rigor de un elemento expresivo tan austero y esencial como es el grafito, el artista parece haber encontrado ese espacio de libertad que P. Valery recomendara en los lances creativos (“La mayor libertad nace del mayor rigor”), y que en su caso muestra visos de incontestable confirmación del principio del poeta francés.

Julio Blancas, que actualmente exhibe en el CAAM de Gran Canaria, en el seno de la exposición 8.1, comisariada por Alicia Murría, Goppi Sadarangani y Nestor Torrens, una gran pieza dibujada sobre una superficie parabólica de casi tres metros de diámetro dispuesta como una cúpula, presenta una serie titulada “Los nudos gordianos”, que ha valido para nombrar al conjunto de esta muestra. Se trata de un grupo de dibujos sobre pergamino en los que la experiencia dibujística alcanza un punto paroxístico: el grafito, la madeja de líneas que surge de su trazo, los detritos que este suelta en su enmarañada búsqueda, el polvo, que se queda, y el aire que los ocupa, son los elementos con los que modula esta nueva propuesta.

El trabajo de Ángel Padrón tiende a convertir en sustancia metafísica todo lo que alumbra, entendiendo que los fascinante y lo enigmático son componentes básicos de esa sustancia. Sin embargo, el artista radica en un lugar y su obra se nutre de los materiales visuales que ese lugar le proporciona.

Desde hace mucho, lo que sucede en la pintura de Padrón sucede en la isla. El rigor que en sus compañeros de exposición podría justificarse en una extrema entrega a los materiales con los que conjuran sus obras, en él parece sustraerse en la idea del lugar en tanto el territorio revelado por la experiencia estética, algo tan próximo a la vida como a la muerte, donde las dos te tocan y el silencio va surgiendo de entre ellas como un vénero. Silencio metafísico, sin duda, en el que lo que interroga es también la respuesta, como Ángel Padrón no deja de advertirnos en sus claras e inquietantes visiones.

Desde que hace dos años Santiago Palenzuela trasladara su estudio a Madrid, su pintura y sus cuadros cambiaron de dirección. Atrás quedaron los extraordinarios empeños afrontados en Manuel Verdugo 25, entre ellos la exposición dedicada al poeta Luis Feria, o los que nacieron en sus anteriores emplazamientos.  Ahora las direcciones son distintas, pero el lugar donde han sido pintados es una referencia sin demasiada importancia, pues esos lugares, al apropiárselos el pintor como un canon motivador de su obra, pasan a ser parte de ella de una forma completamente natural: son su pintura, no los lugares en que fue realizada.

Si Julio Blancas ha encontrado su espacio de libertad creadora en el grafito, Palenzuela ha supeditado la suya a una carga doble, la del óleo como materia que busca decir y decirse -en esto su actitud es bastante parecida a la de Blancas con respecto al grafito-, y un único  o principal motivo sobre el que desarrollar su experiencia: el espacio que envuelve al pintor, el lugar donde la pintura se hace, su estudio.

Ahora, en su dirección de Augusto Figueroa la luz ha cambiado tanto como la pintura. Afuera es siempre de noche, una noche habitada porque tiene un reloj, el del edificio de Telefónica, que se divisa desde el estudio. En el interior de este, sin embargo, la pintura de Palenzuela no ha dejado de celebrar su chorreante festín.

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